me visitó la señora de las tristezas.
mi gata negra
amiga
que no ha dejado de llorar de su ojo derecho
y que se pasea por la casa mientras duermo,
me mira.
coincidimos en la madrugada
y en las aparaciones de mayo.
Al despertar confirmó que el último trayecto del camino a su pasado nunca lo volvería a hacer de día. Adentrarse de noche en la espesura del bosque que besa el golfo permite entender distancias entre pueblos y la soledad de los caminos. Por eso, cuando la llamaron para darle la noticia que su abuela había muerto, se imaginó de inmediato un regreso a oscuras. Y ahora, ocho horas de viaje en bus y el dolor en el cuerpo no le impiden sentirse agradecida por este nuevo regreso a casa. Chacarita, Mogos, Rincón, La Palma, Amapola, Palo Seco, Cañaza, Sándalo, pueblos que desfilan uno a uno como amigos ebrios y alegres frente a los ojos de Ignacia. Está de vuelta.
la ciudad se construye dentro de la cabeza
Lo miro a mi abuelo armando un rompecabezas imposible, no por la cantidad de piezas sino por su locura. Alzheimer dicen mis papás. Locura. Y yo acá perdiendo el tiempo con dos amigos que no son amigos, que son solo vecinos con quienes me corresponde jugar, aparentar, desde tan temprana edad. No le puedo poner nombre a las cosas porque solo tengo ocho años pero ya conozco el sentimiento de sentirme obligado a hacer cosas que no quiero hacer, a estar con gente con la que no quiero estar, a fingir ser feliz.
Y me da vergüenza la piscina de mi casa, olvidada y sucia. Llena de hojas del árbol que también muere. Mis amigos se burlan de la piscina, de la casa, de mi abuelo y de mí. Mi familia ya no tiene dinero me dice uno, el más malo, el más atrevido. Y yo lo odio pero no lo quiero volver a ver a los ojos. Cómo se puede ser tan cruel siendo tan joven. El otro niño, el pecoso, no dice nada, parece entender lo que está pasando. Mi abuelo del otro lado de la piscina, cubierto por una sombrilla y haciendo pequeños grupos de piezas de colores, sistema muy suyo para empezar a enfrentar la tarea. Nunca ha terminado un solo rompecabezas. Los insultos y las burlas de mi amigo se endurecen y yo que no quiero levantar la vista y el pecoso se pone de pie y se sienta debajo del árbol cuyas hojas cubren con una capa fina la piscina. Probablemente intuye algo, presiente algún desenlace y lo quiere observar de lejos.
Llega la empleada doméstica con tres limonadas y mi amigo suelta una carcajada. De todo se burla. Dice que mi familia es anticuada, que sirve limonadas y que los vasos fueron en algún momento botellas de vino o de ron o de whisky barato, ahora cortadas. Tira su limonada a la piscina y yo sigo sin volver a verlo. El pecoso se rasca la cabeza y bebe lentamente de su vaso, como quien no quiere la cosa. Yo no bebo de la mía y en cambio encuentro un camioncito metálico y juego con él desentendidamente.
Mi abuelo tararea una canción que yo reconozco, que me sé de memoria. No recuerdo el nombre pero a estas alturas, eso es lo de menos. Y la quiero tararear y unirme a él como tantas otras veces, pero no quiero darle a mi amigo otra excusa para burlarse, otra razón más para odiarlo, para no atreverme a mirarlo a los ojos. Divide las miles de piezas en grupos de colores y tararea y se entretiene y no se da cuenta de la tragedia que está pronto a suceder de este lado de la piscina. Me doy cuenta que la mujer se esconde detrás de las cortinas, no quiere perderse el espectáculo.
Tu papá es un muerto de hambre, dice, y yo me abalanzo sobre él con el camión metálico en la mano y él me jala el pelo y siento que me lo arranca pero yo lo golpeo, primero sobre la cabeza y luego en la cara, a como de lugar y siempre con el camioncito. Supongo que peleamos como lo hacen los niños, dando rienda suelta al caos y sin ningún final en mente. Escucho un llanto y no estoy seguro si es mío o del niño, pero pronto aparece la mujer gritando en español y nos separa bruscamente. Tengo lo ojos abiertos y veo el rostro asustado de ella, las gotas de sangre que manchan la frente del niño, y a lo lejos escucho esa canción tan bella siendo tarareada por mi abuelo, que por nada se rinde ante el rompecabezas.
Uno se enferma por los pies: el suelo como posible resfrío y la acera porosa. Llueve y el caño se rebalsa. La lluvia no refresca porque es tibia y las aceras se van cubriendo de agua. Yo descalzo con los pies mojados, con el miedo de enfermarme, deaquínomevoy. Pienso en mi mamá/regaños, pero yo sentado en el caño, viendo agua y sabiéndome distinto. La lluvia golpea. Las ropas empapadas pero los pies tibios. La lluvia contra todos los techos, mi mamá seca porque el suyo es el suyo.
Llueve con fuerza en mi calle, no es escupa que incomoda, es el cielo que se desquita. Y los pies ahora sí fríos y ahora sé que estoy enfermándome, no puede haber duda. Escucho a mi mamá llamándome pero yo me quedo ahí con los pies fríos, enfermándome y moviendo los dedos, viendo el agua pasar y siendo golpeado por las hojas y la basura que vienen con el agua. Los desechos me saludan y ahora todo mi cuerpo se enfría, pero me sigo sabiendo de un barrio de techos y de lluvia.
Las gotas duelen en la espalda y en los brazos y jamás volver a ver al cielo porque el agua castiga. Ya estoy enfermo, no hay duda. Mi mamá se materializa. Imagino a todos mis amigos del barrio sentados en el caño con sus pies mojados y fríos y siendo golpeados por los mismos desechos y la misma basura que hace unos minutos me saludaron. ¿Cuántas mamás están gritando? Los techos resisten, pero mis brazos no, me levanto y mis pies enfermos y yo nos vamos, distintos.
Desde que tengo memoria mi abuela empezó a perder la suya. A la hora de regañarnos o llamarnos para decirnos algo, siempre confundió a sus nietos. Nosotros nos reíamos y jugabamos a cambiarnos los nombres para enredarla aún más. Hoy mi abuela no sabe hablar y no puede diferenciar la cara de nadie en su familia: hermanos, hijos, nietos. La rodea un mar de bisnietos que le es extraño. No es que no se reconozca en el espejo, es que no sabe verse al espejo. Se le olvidó el lenguaje. Pasa sus días en cama o sentada en una mecedora en el patio llevando sol.